domingo, 2 de agosto de 2009

SE LLAMA IÑAKI, crónica viajera

Pocos saben que el tren Altaria que va directo de Madrid a Pamplona. Le acerca posteriormente, en carro, a un lugar tan hermoso como San Sebastián. Teniendo como apoyo al mejor de los guías, fue como lo supe yo


¿Una mera curiosidad? No. Tal vez una excusa para mi merecido descanso y aproveche la invitación de Iñaki a visitar su tierra y hacia allá fui. A conocer el terruño de un ser que le teme venir a mi país, así lo dice la familia de su esposa, aunque yo no le tema al suyo: es San Sebastián en el país vasco. Sede de donostiarras y etarras. Allí vive Iñaki. Nació en ese lugar y lo ama.
Seductora y atractiva, San Sebastián es una ciudad que enamora los sentidos. Allí me recibió como a una reina. Un auténtico caballero de la España contemporánea, que se asemeja en costumbres, educación y cortesía a los de antaño.

Todo lo que yo deseara lo resolvía, allanándome el camino, paseándome por su cuna, mostrándome mucho más de lo que vemos en las fotos de ésta crónica. Dejándome ver las bondades de ese lugar; San Sebastián, en realidad merece nota aparte en ésta crónica.

Justo frente al Palacio de Congresos y a los auditorios donde se celebran los festivales de cine y jazz, me ubicó. Atendida por Julia y su hija, es la Pensión Kursaal. Parte del grupo Pensiones con Encanto y así son: con encanto. Hasta el desayuno lo traen a la cama, ¡que más se puede pedir!

A orillas del Cantábrico y circundada de montañas siempre verdes –llueve con frecuencia–, la bahía, en forma de concha marina, enmarca las aguas de un tinte que no parece natural. El azul intenso del mar baña la pequeña isla de Santa Clara. Desde el Torreón ubicado en la cumbre del Monte Igueldo se divisa lo que ven en esta foto.

Imposible visitar ninguna ciudad del planeta sin ir a su mercado. Ésta no fue una excepción. La encantadora zona antigua de la ciudad conserva restos de construcciones medievales, allí se encuentra el mercado. Allí se comienzan a elaborar los “pintxos”, delicias y tapas en miniatura, donde la juerga se hace algarabía. A esa parte vieja, cercana a la Plaza de la Constitución, se le entra por el Mercado de La Bretxa. Es un mercado que hoy en día se ha convertido en un centro de ocio y comercios, aunque por uno de los costados, los productores del campo traen sus exquisiteces, las exhiben y venden en horario restringido.

Los primeros cuatro meses del año figuran como los del rito de la sidra. Ésta se sirve espumosa en el vaso al caer directamente de la kupela, barrica especial. El dueño grita “txotx” para abrir una de ellas y servir a los presentes. Tal degustación es todo un festival que se acompaña de bacalao con pimientos o bien en tortilla, y culmina con postre de membrillo.

Si bien la fiesta de la Tamboreada –festejando al patrono de la ciudad– se celebra también en Enero, Junio es un mes especial: Allí, en plena plaza de la Constitución se bendice e árbol de San Juan para luego arrancar el baile, el aurresku. Y en toda la ciudad, la magia invade San Sebastián pues llegada la media noche se encienden las fogatas que indican el inicio del solsticio de verano.

Son muchas las maravillas de ésta ciudad, pero lo que me llamó la atención, es que es sede de muchas sociedades gastronómicas. Iñaki también pertenece a una de ellas, pero no me invito. Como dato curioso, a estas sociedades les esta vetada la entrada a las damas, salvo cuando se las invita. Esto debe hacerlo, desde luego, un miembro de la sociedad y en días específicos. Pero pertenecer a ella ¡oh no!. Creo que nuestras naturales condiciones los tienen asustadillos, y prefieren la austeridad de sus fogones sin la presencia femenina auscultando todo cuanto allí ocurre y a todos cuantos concurren.

Llama también la atención una Cava de Puros, el Estanco Ma. Teresa Nava. Allí, su dueño Carmelo Endolz les conserva a temperatura y humedad adecuada para que luego se encuentren en condiciones óptimas para el consumo. Y no se lo pierdan, algunos lugares con música eminentemente latina, excelentes lugares de esparcimiento nocturno.

Junto al aeropuerto de San Sebastián a unos 18 km. de la ciudad y en la frontera con Francia, me encuentro el Parador de Carlos V, que está en la ciudad de Hondarribia, antes Fuenterrabía. Salir de San Sebastián, cruzar el punte del río Bedasoa que separa Irún (en España) de Hendaya (en Francia) fue tan sólo más de lo mismo. Desde allí –Hendaya– sale el tren de alta velocidad hacia Paris y sorprende que España aun no haya prolongado la ruta del AVE, su tren de alta velocidad, para empalmarla con ese otro tren rápido que uniría ambos países de punta a punta.

En uno de los menos ruidosos lugares de allí, nos acercamos a tomar el hamaiketako, suerte de refrigerio que a las once de la mañana se hace indispensable. Todos tienen nombres específicos y van desde los “pintxos” de foi hasta las anchoas con piquillo, o bien el hojaldre con queso hasta las bolas de marisco o unas frescas anchoas fritas. Es la temporada cuando ellas se acercan a éstas costas y se encuentran muy nuevas en cualquier lugar.

Hablar de tierra donostiarra es hablar tanto de un festín gastronómico como de otro para el alma: de gente con clase, alegría y bullicio, arte y ocio en reluciente combinación. De hermosas tiendas, de un ámbito sinigual en sus callejuelas que contrastan con aspectos más modernos. De los mejores pescados, de una degustación de calidad y una oferta variada para el entretenimiento.

Es convivir con el Peine del Viento, donde el mar y la combinación de piedra con hierro forjado son los protagonistas de un paseo único en su estilo, pero se distinguen por las numerosas farolas que se encuentran diseminadas por toda la ciudad.

Y claro que regresaré, y los invito a ustedes a hacer éste mismo recorrido, segura de que disfrutarán tanto como yo. Sólo que les sugiero quedarse más tiempo, ¡hay tanto que ver y disfrutar!

Regresare para ir a la Parte Vieja, a Gros y a Hendaya, a la Bretxa y a intentar que en la próxima vez se me invite a una sociedad gastronómica. Si eso ocurre, entonces les contaré más.

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